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La imagen de Ezequiel 37 es brutal. Un valle entero cubierto de restos humanos calcinados por el sol. Huesos dispersos, blanqueados, sin rastro de carne ni tendones. Y el narrador bíblico insiste con un detalle que podría parecer redundante: “estaban muy secos”. No es una metáfora menor. La sequedad extrema significa que toda posibilidad de vida, desde cualquier perspectiva humana, se ha extinguido. No hay médula en esos huesos. No hay humedad. No hay esperanza.
El profeta Ezequiel, antes de pronunciar palabra alguna de vida, hace algo que la cultura contemporánea ha vuelto incómoda: mira de frente la magnitud de la muerte. No la embellece, no la minimiza, no la reinterpreta como un tránsito menor. La constata en toda su crudeza.
Esta escena contiene una lección que merece ser rescatada del reduccionismo religioso en el que a menudo ha sido encorsetada.

La tentación de saltearse el diagnóstico

En nuestros días circula con fuerza una versión empobrecida del pensamiento positivo que ha logrado infiltrarse incluso en los lenguajes de la espiritualidad y el desarrollo personal. “No declares la enfermedad”. “No declares la quiebra”. “No declares la crisis”. La lógica subyacente parece ser que nombrar el mal es, de algún modo, convocarlo o agrandarlo y en último término, merecerlo.
Esta corriente, que tiene algo de pensamiento mágico disfrazado de fe, propone un salto peligroso: de la situación adversa directamente a la declaración de victoria, omitiendo el paso esencial del diagnóstico honesto. Es una teología que pretende saltarse el valle de los huesos secos para instalarse directamente en la visión de los huesos revestidos de carne.
Pero el oficio profético comienza exactamente al revés. Ezequiel no es llevado al valle para que declare que allí no hay muerte. Es llevado precisamente para que vea la muerte, la reconozca y la nombre. Solo después de esa constatación la palabra de Dios adquiere su potencia transformadora.

Los costos de la negación

Cuando se omite el diagnóstico, cuando se rehúye nombrar lo que está roto, las consecuencias no son inocuas. Una empresa que se niega a reconocer su quiebra técnica no genera milagros financieros, sino un hundimiento más estrepitoso. Una relación que evade nombrar sus fracturas y errores no se reconstruye por arte de magia, sino que se desgasta hasta el punto de no retorno. Una sociedad que esquiva la magnitud de sus propias heridas no despega hacia el futuro, sino que perpetúa sus violencias bajo alfombras de retórica triunfalista.
Callar el dolor no lo hace desaparecer. Silenciar el diagnóstico no cancela la enfermedad. Ocultar la magnitud de una crisis no evita que esta siga haciendo
estragos. Lo único que se logra con esa estrategia es postergar intervenciones que, realizadas a tiempo, podrían haber sido efectivas.
La cultura de la negación produce, paradójicamente, aquello que dice querer evitar: profundiza las heridas al impedir que sean tratadas, agranda las crisis al demorar las decisiones, consolida las muertes al negarse a nombrarlas.

El realismo profético como condición de posibilidad

Ezequiel no es un pesimista. No se queda en el valle de huesos secos regodeándose en la catástrofe. Pero tampoco declara lo que no ve. El profeta realiza un movimiento de una hondura extraordinaria: primero reconoce la magnitud de la muerte, y desde allí, solo desde allí, puede recibir y transmitir la palabra que resucita.
“Profetiza sobre estos huesos”, le dice Dios. Y la instrucción no es negar lo que ve, sino hablarle precisamente a aquello que está muerto. La palabra profética no evade la realidad: se dirige a ella en su punto más extremo.
Este gesto contiene una verdad que trasciende el marco religioso en el que fue narrada. No se puede reconstruir lo que no se ha tenido el valor de reconocer como derruido. No se puede sanar lo que no se ha tenido la honestidad de diagnosticar como enfermo. No se puede resucitar lo que se empeña en simular que nunca murió.
El valle de los huesos secos no es, en definitiva, un texto sobre la muerte. Es un texto sobre las condiciones de posibilidad de la vida verdadera. El requisito necesario para resucitar es estar muerto. Y esa vida nueva, según la sabiduría profética, no nace de la negación sino de la constatación. No florece en la simulación sino en el reconocimiento honesto de aquello que está, efectivamente, muy seco.
Quizá nuestro tiempo necesite recuperar esa valentía profética: la de descender a los valles que preferiríamos evitar, la de nombrar lo que duele nombrar, la de diagnosticar con honestidad. Solo desde allí, paradójicamente, podrá surgir algo verdaderamente nuevo. Porque no hay recreación posible que no haya tenido el valor de reconocer, primero, la magnitud de lo que ha muerto.

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